domingo, 2 de junio de 2013

Pablo de Rokha o la inmensidad de la herida




Pablo de Rokha o la inmensidad de la herida
(Extracto escogido sobre investigación mayor titulada “Suicidiario de la Poesía Chilena”)

Por Victor Minué

Fuente: http://letras.s5.com/pdro120313.html



Se podría hacer una tesis exclusivamente de Pablo de Rokha, considerado dentro de los 4 grandes de la poesía chilena, junto a Gabriela Mistral, Vicente Huidobro y Pablo Neruda. Es más, se podría hacer un ramillete de tesis doctorales únicamente con aspectos marginales de su obra, como la famosa guerrilla literaria con Neruda, desactivando o detonando las bombas-diatribas  alojadas en “Neruda y Yo”[1], por ejemplo.

La obra poética de Pablo de Rokha es un paradigma de incontinencia y complejidad creativa que se escapa en un abisal espiral de ambiciones poéticas, políticas, sociales, éticas, filosóficas, afectivas, religiosas, económicas, constituyentes de una utopía caótica y liberadora sobre un ideal de mundo, irreparablemente en fuga hacia lo inalcanzable; impracticable por la historia personal que frustra el ideal de la escritura. Esto no significa una desunión entre la escritura poética y la realidad, sino parte de una esgrima dialéctica de  oposición e integración de incontinentes impulsos tanáticos, tesis exterminadoras sobre la miseria del hombre,  destruyéndose lentamente, regenerándose incesantemente, con el ideal del superhombre[2], con la voluntad de poder[3] transformar el holocausto íntimo y social en utopía liberadora y esta a su vez en praxis y acción, en   “revolución concreta y aspiración al infinito”[4].

Canto del macho anciano

“Sentado a la sombra inmortal de un sepulcro,
o enarbolando el gran anillo matrimonial herido a la manera de paloma
                   que se deshojan como congojas,
escarbo los últimos atardeceres.
Como quien arroja un libro de botellas tristes a la Mar-Océano
o una enorme piedra de humo echando sin embargo espanto a los acantilados
                   de la historia
o acaso un pájaro muerto que gotea llanto,
voy lanzando los peñascos inexorables del pretérito
contra la muralla negra.
Y como ya todo es inútil,
como los candados del infinito crujen en goznes mohosos,
su actitud llena la tierra de lamentos.
Escucho el regimiento de esqueletos del gran crepúsculo,
del gran crepúsculo cardíaco o demoníaco, maníaco de los enfurecidos ancianos,
la trompeta acusatoria de la desgracia acumulada,
el arriarse descomunal de todas las banderas, el ámbito terriblemente pálido
de los fusilamientos, la angustia
del soldado que agoniza entre tizanas y frazadas, a quinientas leguas abiertas
del campo de batalla, y sollozo como un pabellón antiguo.
Hay lágrimas de hierro amontonadas, pero
por adentro del invierno se levanta el hongo infernal del cataclismo personal,
                 y catástrofes de ciudades
que murieron y son polvo remoto, aúllan.
Ha llegado la hora vestida de pánico
en la cual todas las vidas carecen de sentido, carecen de destino, carecen
                 de estilo y de espada,
carecen de dirección, de voz, carecen de todo lo rojo y terrible de las empresas o las epopeyas o las vivencias ecuménicas,
que justificarán la existencia como peligro y como suicidio; un mito enorme,
equivocado, rupreste, de rumiante
fue el existir; y restan las chaquetas solas del ágape inexorable, las risas caídas
                 y el arrepentimiento invernal de los excesos,
en aquel entonces antiquísimo con rasgos de santo y de demonio,
cuando yo era hermoso como un toro negro y tenía las mujeres que quería
y un revólver de hombre a la cintura.
Fallan las glándulas
y el varón genital intimidado por el yo rabioso, se recoge a la medida del abatimiento
               o atardeciendo
araña la perdida felicidad en los escombros;
el amor nos agarró y nos estrujó como a limones desesperados
;yo ando lamiendo su ternura,
pero ella se diluye en la eternidad, se confunde en la eternidad, se destruye en
                la eternidad y aunque existo porque batallo y “mi poesía es mi
                militancia”,
todo lo eterno me rodea amenazándome y gritando desde la otra orilla.
Busco los musgos, las cosas usadas y estupefactas,
lo postpretérito y difícil, arado de pasado e infinitamente de olvido, polvoso
                y mohoso como las panoplias de antaño, como las familias de an
                taño como las monedas de antaño,
con el resplandor de los ataúdes enfurecidos,
el gigante relincho de los sombreros muertos, o aquello únicamente aquello
que se está cayendo en las formas,
el yo público, la figura atronadora del ser
que se ahoga contradiciéndose”.
“(…) Todas las cosas van siguiendo mis pisadas, ladrando desesperadamente,
como un acompañamiento fúnebre, mordiendo el siniestro funeral del mundo,
                como el entierro nacional de las edades, y yo voy muerto andando.
Infinitamente cansado, desengañado, errado,
con la sensación categórica de haberme equivocado en lo ejecutado o desperdiciado
                o abandonado o atropellado al avatar del destino
en la inutilidad de existir y su gran carrera despedazada;
comprendo y admiro a los líderes,
pero soy el coordinador de la angustia del universo, el suicida que apostó su destino
                a la baraja
de la expresionalidad y lo ganó perdiendo el derecho a perderlo,
el hombre que rompe su época y arrasándola, le da categoría y régimen,
pero queda hecho pedazos y a la expectativa;
rompiente de jubilaciones, ariete y símbolo de piedra,
anhelo ya la antigua plaza de provincia
y la discusión con los pájaros, el vagabundaje y la retreta apolillada en los extramuros.
Está lloviendo, está lloviendo, está lloviendo,
¡ojalá siempre esté lloviendo, esté lloviendo siempre y el vendaval desenfrenado
               que yo soy íntegro, se asocien
a la personalidad popular del huracán!
A la manera de la estación de ferrocarriles,
mi situación está poblada de adioses y de ausencia, una gran lágrima enfurecida
derrama tiempo con sueño y águilas tristes;
cae la tarde en la literatura y no hicimos lo que pudimos,
cuando hicimos lo que quisimos con nuestro pellejo.
El aventurero de los océanos deshabitados,
el descubridor, el conquistador, el gobernador de naciones y el fundador de
              ciudades tentaculares,
como un gran capitán frustrado,
rememorando lo soñado como errado y vil o trocando en el escarnio celestial del vocabulario
espadas por poemas, entregó la cuchilla rota del canto
al soñador que arrastraría adentro del pecho universal muerto, el cadáver de
              un conductor de pueblos,
con su bastón de mariscal tronchado y echando llamas (..)”

(..) ¡adiós!... cae la noche herida en todo lo eterno por los balazos del sol deca
              pitado que se derrumba gritando cielo abajo…………

Canto al macho anciano es “una despedida del mundo: el poeta presiente su enfermedad que se hace más tenebrosa dentro de su aislamiento…Canto de amor y de guerra…sus imágenes se descuelga como una catarata desde el primer verso premonitorio que lo oscurece todo”[5], resume el poeta Lavín Cerda*. Éste poema  presentado en fragmentos representa, a nuestro modo de ver,  quizás la más explícita y desgarradora despedida del mundo y testamento poético, de los poetas que integran la revisión crítica de nuestros poetas suicidas.

En este poema, autocalificándose como macho anciano asume la voz mítica de alguien que contempla su pasado a partir de la etapa final de su vida; revive y repasa paisajes forjados a fuerza de leyenda, geografías sagradas recorridas por un apátrida, por mártires y héroes que ahora se desintegran en el crepúsculo agónico de la utopía inalcanzable, “gritando cielo abajo” en los escarpados abismos del anciano corazón, llagado por dentro del  pánico más real que nunca imaginar pudo, podrido de latir,  derramando con su tinta-sangre el testamento apocalíptico de la inmensidad de la herida reventada en cada verso,  acallada para siempre por una Smith & Wesson Cal 44, obsequiada por el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros, el mismo que intentó asesinar a León Trotsky, y que ahora era cómplice involuntario de la muerte de otro utópico revolucionario; la muerte del utópico, no de la utopía.
Metástasis suicida en la dinastía de Rokha y últimas horas del poeta

“Se había levantado Pablo a eso de las 9 de la mañana. Se había bebido con fruición el jugo de huesillo y el café y tomo tostadas. Había hablado por teléfono con su hija Lukó y salió al jardín. Cinco minutos antes de las 10 se había encerrado en su escritorio. Allí se sentó en su entrañable sillón de mimbre, testigo de tantos tremendos poemas, se puso sus lentes ópticos, y se meció algunos escasos minutos. Entonces exactamente a las 10:10, tomó el grandísimo revólver Smith & Wesson calibre 44 niquelado con cacha de nácar que le obsequió en Mexico el muralista David Alfaro Siqueiros. Introdujo el cañón a la boca lo mordió con rabia e hizo fuego.

Para siempre el estallido fue lo más grande. Yolanda la ama de llaves, nerviosa, interrogó a su sobrina Margarita acerca de si ella había quebrado algún vidrio, pero no había. Las mujeres entendieron rápido que aquello era grave. Corrieron el escritorio del poeta y entraron.  Pablo de Rokha estaba tendido hacia atrás, mirando al techo, con los anteojos colgando de la oreja derecha y la sangre manando de su boca. El arma permaneció apretada con fuerza, a su diestra.

El mismo día 10 de septiembre de 1968, no más de dos horas después, de la Municipalidad de la Reina visitaron al poeta, en su misma casa de Valladolid 160, para notificarle que en reconocimiento de su labor el municipio había decidido que la calle donde él moraba llevara su nombre”[6]

Cuatro meses que se dispara Pablo de Rokha, ya se había disparado Pablo, su hijo con un revolver menor calilbre 22, no quiso vivir más. Y seis años antes de que Pablo de Rokha se suicidara ya se había envenenado Carlos de Rokha.

La mañana del viernes 24 de abril de 1987 viniendo del cielo se suicidó Carmen Luisa Diaz  Loyola,  hermana del viejo león de la poesía chilena.  Fue la cuarta de la dinastía de Rokha.  A sus 70 años saltó 15 metros en Apoquindo 6415. Su cuerpo se azotó y se silenció para siempre en el segundo subterráneo del edificio Rampa de las flores.

A modo de elegía
Pablo de Rokha: dionisiaco, epopéyico, despótico, megalómano, profético, apocalíptico, mesiánico, demoníaco, escatológico, utópico, heroico, apoteósico, bíblico, dinástico jefe de la tribu, patriarca litúrgico de las comidas, campesino amarditado[7], blasfemo iracundo, vanguardista patológico[8], soldado de la revolución concreta y la aspiración infinita, nuestro padre violento de la poesía, el de la inmensidad de la herida, inconmensurable deuda. Desparramó por el suelo el mito de sus sesos sabiendo que la entrañas de los muertos se modifican en los vivos.
                             


NOTAS

[1] Libro publicado por Pablo de Rokha en 1955.
[2] Perteneciente a la filosofía nietzscheana.
[3] Ídem.
[4] Frase de Nain Nómez, en “Carlos de Rokha: una escritura en movimiento”,1988.
[5] Extraído del libro “Pablo de Rokha: una escritura en movimiento”,1988.
[6]  En “Poesía y suicidio del dinosaurio irritante”. Santiago de Chile. Apsi, mayo 1987.
[7] Adjetivo intervenido a modo de “rotismo”. “Chilenismo” para darle un sentido popular a la expresión.
[8] Con éste adjetivo despectivo el crítico Alone describió la escritura de Pablo de Rokha, cuando apareció su libro “Los Gemidos”.

domingo, 28 de abril de 2013

Aventurero





Aventurero

Oriente de cobre duro, fino y ensangrentado,
de tiempo a tiempo
                                     tendido
de mundo a mundo.

                 ¡Voluntad!

                 Soy el hombre de la danza oscura
y el ataúd de canciones degolladas;
el automovilista lluvioso,
sonriente de horrores, gobernando
la bestia ruidosa;
el tallador en piedra de catedrales hundidas:
el bailarín matemático y lúgubre.
coronado de rosas de equilibrio;
el vendedor de abismos, trágico,
dt cabellera de ciudades
y un canto enorme en la capa raída.

                  Tren nocturno
con ]as hojas marchitas y un vientre humoso.

                  ¡Ay! cómo aúllan en la tierra cóncova y madura
mis leones muertos...
Voy de estrella en estrella
acariciándole los pechos violados a las guitarras.
con mi mano única;
¡oh! jugador,
agarro mi gran rueda de espanto,
despernancada,
y la arrojo contra las estrellas,
arriba del cielo, más arriba del cielo
que no existe.

                    Y suelo estarme cuatro y cincn mil lunarios,
como un idiota yiejo,
jugando con bolitas de tristeza,
jugando con bolitas de locura
que hago yo mismo manoseando la soledad;
entonces me río,
con mis 33 dientes,
entonces me río,
entonces me río,
con la risa quebrada de las motocicletas,
colgado de la cola del mundo.

                       La campana negra del sexo
toca a ánimas adentro de mi melancolía,
y una mujer múltiple y una
múltiple y una
como un triángulo de setenta lados y muchos claveles.
se desnuda multiplicando las heridas
sobre mis mundos quemantes y llenos de senos de mujeres estupefactas.

"Agonal" 1925